​El viento helado me golpea en la nuca, las gotas de agua que caen del cielo como un spray rocían a la gente que venía confiada, sólo con una camiseta manga corta, saliendo del bus, tiritando como los perritos recién bañados. Hay que mojarse para recibir las maletas, porque el lugar donde se estaciona el bus no está del todo protegido del clima. Por suerte yo sí llevaba conmigo una chaqueta y me salvé del bautizo.

Llegar a ese alargado pasillo del terminal de buses, con gente caminando, como hormigas con parka, apuradas dirigiéndose hacia alguna parte. Yo parado ahí, en medio de toda esa gente acelerada, sin un destino conocido, ni un dato concreto, nada más que mi mochila y las ganas de conocer. Y esa sensación es genial. 

Tras unas vueltas de reconocimiento (prefiero decirlo así a reconocer que estaba perdido), me acerqué a una cabina con letreros de hostales y cabañas y entonces me hablaron unas amables señoras. Me ofrecieron diversas opciones de estadía, pero me decidí por una económica (sinceramente no necesito estacionamiento ni baño privado). Y así conocí a la señora Ketty. Caminamos rápidamente por una calle empinada, hacia el cerro, con el spray de lluvia que justo daba de frente y no dejaba mirar tranquilamente alrededor. Luego de recorrer unas tres cuadras, llegamos. Era un camino sencillo, sólo subir por una avenida y doblar en un cruce con bastantes locales comerciales a ambos lados de la calle. “La espuma, tiene que fijarse en el letrero de la espuma”, dijo la señora Ketty. Efectivamente, en el pasaje donde se encuentra su casa hay un gran letrero azul que dice “LA ESPUMA”. Inconfundible.

Y conocí el lugar, un sitio muy acogedor con una familia compuesta de Don Mario, Matías (un joven que no soltaba su Nintendo 3DS), la niña de lentes (siempre olvido su nombre), dos gatas y dos perros salchicha. Me asignaron un cuarto privado, en el que tenía un televisor, una cama y un mueble para dejar cosas. Era perfecto. También existían “áreas comunes” con un sofá, sillas y un gran televisor que nunca necesité mirar, al menos no en el día ya que vine a recorrer la realidad que sólo soñé por años (sí, no suelo salir lejos de casa).

En mi primer paseo caminé en dirección al mercado, lo había visto en un mapa. “Hacia allá” es lo único que necesito escuchar para partir en la búsqueda de un lugar que no conozco. Pasé por un mercado de artesanías (en 25% de eso provenía de China), donde me llamaron la atención las cosas hechas de lana. Más tarde pasaré por una bufanda y cosas esponjosas y acariciables (para regalarle a mi novia que ama el pelaje de los animalitos peluditos).
Mercado de Angelmó. Al parecer aún no llegan los turistas, porque no estaba lleno ese lugar y se podía pasear con calma, sin que nadie te ofreciera nada. Quizás, en parte, no me ofrecen cosas porque cuando estoy serio la gente piensa que soy malo o algo. No es que quiera ser mala onda o algo así, pero no me nace ir por la vida sonriendo como si fuera una promotora de quesitos del supermercado. Bueno, al menos a esas niñas les pagan por parecer simpáticas. Quizás podría hacer el esfuerzo de parecer amable si me pagaran por ello…

Lobos marinos. Casi tan feroces como los perros callejeros que se disputaban los tarros de basura de los pescadores. Presencié un par de combates dignos del fin de temporada de Dragon Ball Z, cuando lo veía en Zoolo TV. Con menos rayos y poderes, pero igualmente salvajes. Es ser fuerte o morir, supongo.
Fui a comer una paila marina al primer local que encontré, se llamaba Donde Rocco 2. Un sitio agradable, donde nadie más estaba consumiendo, se nota que falta para que comience la temporada de viajeros veraneantes. De hecho, esto fue un día antes de que comenzara oficialmente la estación veraniega. Y bien, porque vaya que estaba lloviendo mucho desde que llegué al puerto.
El plato: su olor era maravilloso, sus mariscos, generosos… y el sabor intenso de ese jugo que llaman sopa me hizo feliz, llenaba mi interior de felicidad y el gusto intenso de esos productos del mar colmaron mis sentidos por un momento. “Valió la pena viajar”, fue algo así lo que sentí cuando degustaba la tercera cucharada de la paila marina, que costaba el estándar turístico ($4.500). Me encantó.

Fue con eso que sentí al fin que este será un buen viaje que me llevará a quizás qué lugares curiosos y donde conoceré a mucha gente e historias que,  probablemente, me ayuden a ganar una nueva perspectiva y me sirvan para poder encontrar personajes que sean más humanos, reales, con inquietudes y estilos de vida diferentes al mío. Para poder salir un poco de la burbuja en la que he estado viviendo en estos años, conformándome con sobrevivir y sin molestarme en salir a la calle, al camino, a buscar y escuchar las historias que la gente tiene para contar. ¿Quién sabe qué clase de aventura me tocará vivir? ¿Muchas o ninguna? Lo genial de todo esto es que me toca a mí averiguarlo, no hay ningún mapa o guía que pueda predecir lo que sucederá a la vuelta de cada esquina y eso ha provocado que despertar en la mañana sea algo bueno y ya no una sensación casi terrible de tener que enfrentar a los mismos monstruos de la ciudad, cada día gris. Esto es casi mágico. Dedicaré otra entrada a contar algunas de las historias que escuché de los viajeros del hostal, la gente de estos lados tiene una facilidad de hablar con desconocidos y de contarte toda su vida, con las dificultades que sobrepasaron y las circunstancias que actualmente los rodean. En lo que tardé en beber una taza de café pude sentir que mis problemas no son nada al lado de los de otras personas. Pero eso será hasta la próxima entrada (del diario que no lee nadie).

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