Diario de las B-bakaciones, parte 2

Ha pasado un largo tiempo desde la primera entrada de mis vacaciones. Pero más vale tarde que nunca (me encanta ese tipo de excusas pre-hechas).

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Recordando el hostal en Puerto Montt, tuve muchas conversaciones sobre la vida de las personas que por allí pasaban, vidas tan diferentes a la que uno conoce y que te abren un poco la mente a ver las cosas de otra forma, desde diferentes puntos de vista.

Los pasajeros.

Primero me topé con un joven que estaba de paso por el hostal, esta persona necesitaba un lugar donde pasar la noche, al otro día tomaría un avión a Punta Arenas. Tomamos un café y me contó su historia, cómo había llegado hasta allí. Había tenido una entrevista de trabajo para trabajar en un barco de pesca. Le fue bien, lo iban a contratar y ya estaba listo. Pero la vida le tenía un pequeño dilema por delante: ese mismo día lo llamaron de otro trabajo, donde pagaban mejor, al que antes había intentado entrar y no había tenido éxito. Pero, rápidamente, escogió este y canceló entrar al trabajo cerca de Puerto Montt. Por eso, al otro día tomaría el avión a la ciudad extrema, a Pingüino-land.

Me contó que tenía una familia en Valdivia, que trabajaba para mantenerles y que no faltara nada. Que no tuvo la oportunidad de estudiar: se salió del colegio apenas estaba entrando a la secundaria, tuvo que trabajar para mantener la casa. Le gustaría saber más cosas, pero es más importante comer y sobrevivir, pero no se quejaba. Empezó desde joven a trabajar en embarcaciones y también en empresas salmoneras. Una vida llena de sacrificio y un clima adverso, frío y lleno de tormentas.

Fue en uno de esos viajes en el que quedó sordo de un oído. Contaba que él siempre llevaba su gorro, el cual lo cubría hasta las orejas, debido al frío que hace en estas latitudes. Pero un día lo olvidó en tierra, ese día estaba en la cabina del barco sintiendo el calor que tenían, pero de pronto tuvo que salir, muy de prisa, sin aclimatarse para enfrentar el frío de afuera y sin su gorro de protección. El resultado fue que al salir sintió una explosión en su oído derecho, un golpe y luego… silencio. Fue doloroso, contó, pero igual se puso a trabajar, como si eso se fuera a pasar en un rato. Pero no fue así, pasaron días y finalmente fue a un doctor: por el cambio brusco de temperatura, sus tímpanos sufrieron la peor parte y perdió la audición del lado derecho. Terrible. Sólo de escuchar su descripción me dolió. No imagino lo que él sintió, pero aún así, siguió en lo suyo. Como si nada.

Me di cuenta de que me falta carácter. En su posición, probablemente, me habría quejado, me habría lamentado y deprimido por perder algo tan importante. Pero el hombre sacrificado no fue así, simplemente siguió adelante, porque el resto de su audición aún funcionaba. Y sus manos también.

Me contó detalles de las faenas de pesca, de cuando visitan otras ciudades y puertos y toda esa vida en el mar al que, al parecer, es adicto sin remedio. Y luego se retiró, para ir a su nuevo trabajo en Punta Arenas, donde se embarcaría en jornadas de 10 días de trabajo sin descanso, por un sueldo (probablemente), menor que el que obtiene un ingeniero en su escritorio, sin siquiera ensuciarse las manos. Me hizo pensar mucho más en las diferencias sociales, en la recompensa por el esfuerzo, en las necesidades de las personas… en que yo tengo mucho más de lo que creía tener.

El señor pescador me enseñó algo valioso.

Otros pasajeros que conocí, fueron una pareja francesa. Él se dedicaba a la agricultura y ella le acompañaba en su aventura. En su país natal tenían una granja y estaban de viaje por latino-américa, para mirar y aprender de las técnicas de agricultura de estos lados. En Chiloé se alojaron en una granja en la cual podían hospedarse sin pagar dinero: debían pagar su estadía con un par de horas de trabajo en el campo y con los animales.

Para ellos fue interesante ver las técnicas que usaban los agricultores chilotes y también compartió técnicas propias con ellos, un verdadero intercambio entre profesionales del campo. No debió ser tan difícil, su español era bastante bueno. Hablamos de plantas y de insectos que se las comían, cómo con un par de materiales de desecho (como botellas plásticas), podías detener una plaga que se come tus cultivos. Toda esa información me parece útil y también la registré. Así como conocer detalles de la vida en el campo, pero en Francia. Luego del almuerzo, los franceses partieron hacia el norte.

La última pasajera que conocí fue una chica holandesa. Una aterrada holandesa. La noche del 24 de diciembre desperté en mi cama, un poco mareado y confundido, no recordaba qué había pasado antes de estar allí. Caminé en la oscuridad y me di cuenta de que me acosté encima de la cama y caí al mundo de los sueños porque estaba muy cansado. Recordé que había salido a caminar y volví un poco mojado, por una repentina lluvia y viento, me sequé el pelo y luego no recuerdo más. Tenía un maruchan encima del escritorio, eso quiere decir que alcancé a asegurarme con la cena, dado que ya no habría locales abiertos a esa hora.

Fui a la cocina a calentar agua, para cenar y leer un poco, antes de volver a dormir. Pero la familia de la casa estaba en la sala, reunidos, conversando. Cuando me detectaron la señora activó su red de invitación sureña, me insistió mucho que pasara a cenar con ellos: tenían un banquete navideño. Es verdad: la gente come mucho en la víspera de la navidad, sobretodo en el sur, donde se acostumbra a aumentar la felicidad con una cantidad proporcional de buena comida.

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No costó mucho convencerme y probé deliciosos platos con carne y ensaladas y conocí a la turista holandesa, no hablaba mucho, la verdad. La niña de la casa estaba impaciente por abrir sus regalos, por lo que comenzó a temblar cuando llegó la hora de abrirlos. Lo más destacado que recibió: una 3DS y pokémon, algo que sólo veía a través de videos de internet, se sabía todo el juego, pero nunca lo había jugado. Qué genial ser niño y que te den lo que te hace brillar los ojos como a esa niña. Todo parecía normal y me fui a dormir muy tarde, fue divertido escuchar a la gente conversar de cosas, ver a la gatita hacer acrobacias y estar al lado del fuego, para pasar el frío.

En la mañana me desperté con un sonido que era como un camión pasando por la calle… lo cual no tenía sentido, estaba como a 4 casas de la calle más cercana. Pero, un minuto después, entendí que era el sonido subterráneo que se siente antes de un temblor. Y apareció sin demora. Escuché a la gente correr hacia la mini-sala, al lado de mi dormitorio, mientras las cosas se movían y tambaleaban los adornos de las paredes. Creo que el temblor duró más de un minuto, pero no fue tan terrible y me dio flojera levantarme apurado y esas cosas. Recibí, a los pocos minutos, muchos llamados telefónicos de parte de mi novia, mis amigos, etc. Ni para felicitarme recibo tantas llamadas… en fin.

La chica holandesa estaba en shock. Este era el primer terremoto que experimentaba en su vida y había sido largo y (un poco) fuerte. Aunque para alguien típico de este país, era un temblor fuerte, nada más. Pero ella estaba nerviosa, aterrada, tratando de calmarse. Vaya forma de despertarse en navidad. Para peor, en vez de tranquilizarla, a los dueños de casa se les ocurre comparar este temblor con terremotos más grandes que han sentido… como el de Valdivia, el más fuerte registrado y que arrasó con pueblos y hundió una ciudad completa. Como era de esperarse, ella entró en pánico por un segundo, al enterarse de que esas cosas sucedían, pobre chica. Ese mismo día tomó un bus a Santiago, espero que no se haya tropezado en el camino y sólo quede como una anécdota de su viaje, nada más. Lo único que hablé con ella fue para tranquilizarla y saber de otras cosas, para cambiar de tema. En fin, ahora sí que sus vacaciones serían inolvidables.

Las historias que me contó Don Mario, el co-dueño del hostal, son muchas y muy interesantes, pero no quiero seguir escribiendo sobre esto aquí. Las guardo en mi memoria, como algo interesante, una fotografía de otras épocas y pillerías de él y sus amigos cuando eran más jóvenes. Algunas cosas nunca cambian, creo. Agradezco y valoro mucho las tazas de café y conversaciones que surgieron en esa semana.

Si volviera a Puerto Montt, de seguro regresaría a ese hostal, sin duda, perfecto para base de operaciones en un viaje por la zona, con un poco de roce con otras personas y amabilidad de los dueños (y su gatita) que supera cualquier comodidad de lugares más caros. Porque yo sé que regresaré, el milcao y las pailas marinas me esperan.

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